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{ENTREVISTAS}

SEAT 600, cuando desmontar la memoria no es posible

Historia de una marca sobre la que pende la incertidumbre

 

Hubo un tiempo en que tener un coche no significaba simplemente tener un coche. Significaba poder marcharse. Salir de la ciudad, visitar a la familia, acercarse a la playa, cruzar una frontera. Significaba, en definitiva, que España empezaba a moverse. Y ese cambio tiene una carrocería pequeña, cuatro plazas -aunque casi siempre fueran más- y un nombre que todavía hoy funciona como una contraseña de la memoria colectiva. El SEAT 600 nació el 27 de junio de 1957 en la fábrica de la Zona Franca de Barcelona, cuando España apenas empezaba a abandonar la escasez de la posguerra. SEAT lo presentó como un automóvil asequible para una clase media emergente y aquel pequeño utilitario terminó convertido en uno de los símbolos de la modernización del país.

 

El 600 no era especialmente rápido, espacioso ni sofisticado. Precisamente ahí estaba su grandeza. Costaba unas 65.000 pesetas cuando llegó al mercado, una cantidad enorme para los salarios de la época, pero la mejora progresiva del poder adquisitivo convirtió al pequeño automóvil en un objeto cada vez más alcanzable. La demanda llegó a ser tan elevada que los compradores podían esperar hasta dos años para recibirlo. Entre 1957 y 1973 SEAT fabricó alrededor de 800.000 unidades. Durante aquellos años, el 600 dejó de ser una máquina para convertirse en una pieza del paisaje español, las vacaciones, las carreteras nacionales, las familias apretadas en el interior, las maletas sobre el techo y aquella sensación inédita de que el horizonte estaba un poco más cerca.

 

El pequeño Fiat fabricado bajo licencia por SEAT acompañó, además, una transformación social mucho mayor que la de la propia industria del automóvil. El país que había vivido encerrado durante buena parte de la posguerra comenzó a descubrir el turismo, las ciudades crecieron, aumentó el consumo y la clase media encontró en el automóvil una de las primeras expresiones visibles de prosperidad. El 600 se convirtió así en una especie de cápsula del tiempo de aquella España que empezaba a descubrir el fin de semana. También fue libertad en un sentido más íntimo. Trabajadores de SEAT recuerdan cómo aquel coche permitía incluso cruzar la frontera y conocer una Europa que para muchos españoles había sido hasta entonces prácticamente inaccesible.

Pero ninguna historia industrial dura para siempre. El 600 terminó quedándose pequeño frente a una sociedad que ya pedía automóviles más modernos, seguros y potentes. En 1973, después de dieciséis años de producción y 799.419 unidades fabricadas, salió de la cadena de montaje el último ejemplar. Los trabajadores lo despidieron con una pancarta que resumía perfectamente la dimensión sentimental del modelo: 'Naciste príncipe y mueres rey'. SEAT continuaría su transformación con modelos como el 127, el Ibiza y, posteriormente, el León, hasta convertirse en una marca con presencia internacional y terminar integrada en el Grupo Volkswagen.

 

Ahora la historia parece cerrar un círculo. Volkswagen ha dejado en el aire la continuidad de SEAT más allá de 2030 y ha reconocido que el coste de la electrificación y las nuevas exigencias regulatorias hacen cada vez más compleja la inversión necesaria para mantener la marca. Informaciones publicadas esta semana apuntan incluso a una posible retirada de SEAT como marca hacia 2029 y a una concentración de los recursos en CUPRA. La compañía, sin embargo, insiste en que todavía no se ha tomado una decisión definitiva. No es, por tanto, el anuncio de un cierre, sino algo quizá más inquietante, la posibilidad de que una marca que lleva 76 años formando parte de la vida española deje de tener futuro dentro del grupo que la controla.

 

Y por eso conviene volver al 600. Porque cuando se habla del posible final de SEAT no se está hablando solamente de balances, plataformas eléctricas, inversiones o estrategias empresariales. Se está hablando también de memoria. SEAT nació en 1950, cuando en España había apenas 3,1 vehículos por cada mil habitantes, y seis años después puso en las carreteras un automóvil que ayudó a cambiar la relación de los españoles con el mundo. Si algún día desaparece la marca, el 600 seguirá ahí, convertido en pieza de museo, automóvil de colección o recuerdo familiar. Quizá esa sea la última paradoja de SEAT, que una empresa creada para fabricar coches haya terminado fabricando también algo mucho más difícil de desmontar, una parte de la memoria sentimental de varias generaciones de españoles./J.M.

 

*Fuentes: SEAT, RTVE y RACE.

 

 



Autor: Javier Muro

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