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{CULTURA / CINE}

'Los Miserables', cuando volver a VICTOR HUGO es mirar al presente

Hay días en los que uno llega al Festival de San Sebastián con unas ganas tremendas de cine. Ayer fue uno de esos días. Mi primera de cinco películas, cuando el cuerpo está fresco y la mente muy despierta llegaba mi encuentro con una de las películas a las que más ganas tenía de esta edición: 'Los miserables', la nueva adaptación de Fred Cavayé que forma parte de la sección competitiva del festival.

 

178 minutos. Casi tres horas. Y sí, al principio uno puede preguntarse si hacen falta tantos minutos para volver a contar una historia que conocemos tan bien. Pero Cavayé necesita tiempo para construir su Francia, sus personajes y, sobre todo, ese mundo en el que la frontera entre la justicia y la injusticia empieza a resultar mucho menos nítida de lo que quisiéramos.

 

Cavayé es un cineasta acostumbrado al thriller, a los relatos vertiginosos, a la tensión sostenida y a esas situaciones límite en las que sus personajes parecen avanzar siempre al borde del abismo. También al cine de acción, pero entendido como una prolongación natural de esa tensión. Y llevar ese lenguaje a 'Los miserables' es, para mí, uno de los grandes aciertos de la película.

Porque esta adaptación no se queda en la solemnidad del clásico literario. Hay movimiento, persecuciones, enfrentamientos, violencia, multitudes nada artificiales y revolución. Pero, sobre todo, hay una tensión que va creciendo y que convierte la historia en un relato casi físico. Cavayé consigue establecer un equilibrio estupendo entre las escenas de acción, naturalistas y al mismo tiempo espectaculares, y los momentos más íntimos. Todo parece conducir inevitablemente hacia una explosión.

 

Y qué sonido. Hay películas que se ven y películas que, en determinados momentos, también se escuchan con el cuerpo. El trabajo sonoro es extraordinario: las calles, las carreras, los disparos, las voces, las masas… todo contribuye a construir una atmósfera de enorme realismo. Una película grande, sí, pero que no necesita convertir esa grandeza en artificio.

 

También hay belleza, pero no una belleza preciosista. Es una belleza más física, más pegada a las calles y a los cuerpos. La fotografía de Denis Rouden ayuda a construir ese París que parece respirar delante de nosotros.

 

Y después está el reparto.

 

Poner a Vincent Lindon y Tahar Rahim frente a frente es, en sí mismo, una declaración de intenciones. Lindon compone un Jean Valjean contenido, pero repleto de una humanidad que es señal de identidad de este actor inmenso, endurecido por todo aquello que ha tenido que soportar y atravesado por una necesidad casi desesperada de redención. Rahim, como Javert, encuentra la rigidez, la obsesión y esa peligrosa convicción de quien cree que cumplir la ley equivale necesariamente a hacer justicia. Un Javert en sufrimiento constante de unas luchas internas que lo llevan a despreciar todo lo que le recuerda a sus raíces verdaderas, a su madre y a su verdadero origen.

 

Son dos gigantes interpretativos enfrentados. Y funcionan.

 

El duelo entre Valjean y Javert es uno de los grandes motores de la película porque no estamos simplemente ante el perseguido y su perseguidor. Son dos hombres que representan dos maneras radicalmente distintas de entender el mundo: uno cree que el ser humano puede cambiar; el otro, que el pasado determina para siempre quiénes somos.

 

Alrededor de ellos, Cavayé ha reunido además un elenco magnífico: Noémie Merlant, Camille Cottin, Benjamin Lavernhe, Marie Colomb, Megan Northam y Vassili Schneider, entre otros. Un reparto a la altura de una historia de estas dimensiones.

 

Y es precisamente ahí donde la película deja de ser únicamente la historia de Jean Valjean.

 

Victor Hugo escribió sobre la pobreza, la exclusión, la injusticia y la posibilidad de redención. Cavayé recupera esos temas y los devuelve a un presente que, quizá incómodamente, no parece tan alejado del mundo que describía Hugo.

Los franceses tienen una relación muy particular con sus grandes clásicos literarios. No resulta extraño que vuelvan una y otra vez a ellos. Lo interesante aquí es que Cavayé no parece limitarse a ilustrar a Victor Hugo. Lo interpreta.

 

Y yo he querido ver en esta interpretación una mirada profundamente humanista. Volver a los clásicos no debería significar vivir anclados en el pasado, sino mirar mejor nuestro presente. Los miserables habla de lo que ocurre cuando una sociedad se vuelve demasiado rígida, cuando la pobreza deja de ser un problema colectivo, cuando los excluidos dejan de ser escuchados y cuando la ley termina olvidando que detrás de cada infracción hay una persona.

 

Y entonces llega la revolución. Pero Hugo -y aquí Cavayé me parece especialmente lúcido- tampoco convierte la revolución en una respuesta romántica y sencilla. Las revoluciones nacen muchas veces de quienes ya no tienen nada que perder, pero eso no significa que después no puedan acabar castigando, una vez más, a los más débiles.

 

Quizá por eso volver hoy a 'Los miserables' tenga sentido. No porque necesitemos otra vez la historia de Jean Valjean, Javert, Cosette o Fantine, sino porque seguimos necesitando que alguien nos recuerde que la historia también puede ser una advertencia.

 

Cavayé lo cuenta desde aquello que mejor domina: la tensión, el vértigo, el thriller y la acción como herramientas narrativas, pero sin perder de vista la dimensión humana de sus personajes. Y ahí está, precisamente, el acierto de esta adaptación.

 

Quizá esa sea una buena manera de comenzar un festival: con una película que, después de casi tres horas, no solo te deja imágenes, persecuciones, rostros y sonidos en la cabeza, sino también una pregunta: ¿Qué hemos aprendido realmente de nuestra propia historia?

 

Porque quizá los miserables de Victor Hugo sigan estando mucho más cerca de nosotros de lo que creemos./Isabel Ribote desde el Festival de Cine de San Sebastián.

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