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{CULTURA / CINE}
'Tangles', un verdadero MILAGRO de PELICULA
Hay películas que uno termina y necesita unos minutos antes de levantarse de la butaca. No porque no sepa qué pensar de ellas, sino porque todavía está intentando ordenar todo aquello que le han removido por dentro. 'Tangles', el debut de Leah Nelson que llega a San Sebastián dentro de la sección Perlak, fue para mí una de esas películas. Y, al salir de la sala el viernes 18, tuve además la sensación de que no era la única. En las conversaciones entre espectadores y críticos que compartimos aquel día se repetía una idea: acabábamos de encontrarnos con una de las grandes películas de este festival de una humanidad desbordante.
Divertida, conmovedora, inteligente y dolorosa sin caer jamás en el sentimentalismo fácil. 'Tangles' consigue algo especialmente difícil: hablar del alzhéimer y del deterioro de una madre sin convertir la enfermedad en el único argumento. Porque esta es también una historia sobre crecer, encontrar el propio lugar en el mundo, amar, cuidar, sentirse diferente y aprender, quizá demasiado pronto, que hay cosas que no podemos controlar.
La película adapta las memorias gráficas de Sarah Leavitt, cuya madre fue diagnosticada de alzhéimer a los 55 años y murió seis años después. Nelson convierte aquella experiencia en una reconstrucción de la memoria profundamente subjetiva: la de Sarah, una joven ilustradora que intenta abrirse camino profesional, emocional e identitariamente mientras su madre comienza a desaparecer delante de ella.
Y ya desde el principio la película nos advierte de algo esencial: no existe una única manera de enfrentarse a una enfermedad como esta. Hay tantas formas de vivir el alzhéimer como personas y familias que tienen que convivir con él.
Quizá por eso 'Tangles' no es una película triste. O, mejor dicho, es una película que sabe que la tristeza y el humor pueden vivir en la misma habitación.
Y aquí la animación se convierte en una herramienta narrativa extraordinaria. Nelson apuesta por una estética dibujada, en blanco y negro, que inevitablemente remite a Persepolis, esa obra fundamental de la desaparecida Marjane Satrapi, pero que encuentra su propio lenguaje.
Hay algo hermoso en esos trazos imperfectos, en esos rostros que pueden deformarse, desaparecer o transformarse cuando la memoria deja de comportarse como esperamos. La animación permite hacer visible aquello que el cine convencional difícilmente podría mostrar: el miedo, la confusión, la pérdida, los recuerdos que se mezclan y esa sensación de estar asistiendo a la desaparición de alguien que todavía está físicamente contigo.
Pero hay otra razón por la que Tangles me emocionó tanto. Porque habla también a una generación.
Sarah es lesbiana y su identidad queer no aparece como un añadido ni como una etiqueta colocada sobre el personaje: forma parte de quien es y de la historia que estamos viendo. Lo queer está profundamente integrado en la película, igual que lo están el mundo de la ilustración y el ambiente intelectual y artístico en el que Sarah crece.
También en sus padres. En la educación libre y abierta que recibe. En una familia en la que el pensamiento, la cultura, la creación y la libertad para ser quien uno es parecen formar parte de la vida cotidiana. Y quizá ahí haya otra de las grandes virtudes de 'Tangles': mostrar una identidad que se construye desde el afecto y la libertad, sin necesidad de convertir cada descubrimiento en un conflicto dramático.
A quienes crecimos entre los ochenta y los noventa, a esa generación X que vio cómo algunas palabras empezaban a perder el miedo que durante décadas las había acompañado, todo esto nos resulta especialmente reconocible. Lo queer, la identidad, la enfermedad, los cuidados… cuestiones que hoy forman parte de muchas conversaciones cotidianas, pero que entonces todavía exigían valentía.
Y la película está llena de pequeños guiños que funcionan como cápsulas de memoria para quienes vivimos aquella época.
Está la música. Está el rock. Está esa maravillosa banda sonora que encuentra incluso en los créditos finales a Kim Deal, una de esas mujeres que ayudaron a demostrar que el rock también podía tener rostro femenino, rabia, talento y libertad y por supuesto, a la fundamental e incombustible Chrissie Hynde cuyo temazo “I stand by you” protagoniza uno de los momentos más bellos e inesperados de la película.
Y está Julia Louis-Dreyfus. Escuchar su voz es inevitablemente reconocer a aquella Elaine de Seinfeld que forma parte del imaginario sentimental de toda una generación. Aquí, sin embargo, su voz pertenece a Midge, una mujer cuya personalidad se va borrando poco a poco bajo el avance de la enfermedad.
Pero si hay algo que me llevo de 'Tangles' es precisamente que nunca utiliza todas estas referencias como simple nostalgia. Las utiliza para hablar de nosotros. De quienes fuimos, de quienes somos y de aquello que inevitablemente vamos perdiendo mientras intentamos construir nuestra propia vida.
Y quizá ahí esté la grandeza de la película de Leah Nelson: consigue hablar del alzhéimer sin que 'Tangles' sea una película sobre el alzhéimer. Es una película sobre el amor, sobre la familia, sobre la identidad, sobre la libertad y sobre la memoria. Sobre lo que queda cuando la memoria empieza a desaparecer.
El viernes, después de cinco películas, salí de la sala con una certeza poco habitual en un festival: había encontrado una de esas películas que uno quiere recomendar inmediatamente. De las que necesitan conversación. De las que hacen reír cuando quizá no esperabas reírte y consiguen emocionarte sin pedirte permiso. Para mí, 'Tangles' fue un verdadero milagro de película. Una joya.
Y mientras sonaban los créditos finales y aparecía The Breeders, pensé que quizá había hecho algo todavía más difícil: convertir una historia profundamente personal en una memoria compartida. Y eso, al fin y al cabo, es también una de las cosas maravillosas que puede hacer el cine./Isabel Ribote desde el Festival de Cine de San Sebastián.
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