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{CULTURA / CINE}
HOPEPUNK, la REVOLUCION de la ESPERANZA
Cuando la bondad deja de ser ingenuidad para convertirse en acto de resistencia
Durante años la ficción parecía competir por ver quién imaginaba el futuro más oscuro. Ciudades arrasadas, democracias convertidas en dictaduras, pandemias globales, inteligencias artificiales fuera de control y héroes incapaces de distinguir el bien del mal llenaron librerías y plataformas de televisión. El éxito del 'grimdark' -ese universo donde el cinismo siempre termina imponiéndose- parecía confirmar que la desesperanza era el idioma oficial del siglo XXI. Sin embargo, en silencio comenzó a abrirse paso una corriente completamente distinta. Se llama 'hopepunk' y sostiene una idea tan sencilla como revolucionaria, la esperanza también puede ser una forma de rebeldía.
El término fue acuñado en 2017 por la escritora estadounidense Alexandra Rowland con apenas una frase publicada en Tumblr: "Lo opuesto al grimdark es el hopepunk. Pásalo". Aquella ocurrencia acabó convirtiéndose en un pequeño manifiesto cultural. Poco después Rowland desarrolló la idea. En un mundo dominado por el cinismo, la bondad, la empatía y la solidaridad no son signos de debilidad, sino auténticos actos políticos de resistencia. El elemento verdaderamente punk no está en la estética, sino en la decisión de enfrentarse a la injusticia sin renunciar a la humanidad.
El 'hopepunk' no es una literatura ingenua ni un optimismo de postal. Sus historias transcurren, precisamente, en escenarios devastados por la guerra, el autoritarismo, la desigualdad o el colapso ambiental. Lo que cambia no es el paisaje, sino la actitud de sus protagonistas. Frente al fatalismo, deciden actuar. Frente al odio, cooperan. Frente al miedo, construyen comunidad. Como explica la propia Rowland, no se trata de creer que todo saldrá bien, sino de asumir que merece la pena luchar para que las cosas mejoren, aunque el éxito nunca esté garantizado.
Aunque el concepto naciera en 2017, muchos críticos consideran que llevaba décadas escondido entre algunas de las grandes obras de la literatura fantástica y de la ciencia ficción. 'El Señor de los Anillos', de J. R. R. Tolkien, probablemente sea uno de sus mejores ejemplos. La victoria no depende de la fuerza, sino de la lealtad, la amistad y la capacidad de personas aparentemente insignificantes para cambiar el destino del mundo. También Ursula K. Le Guin en 'Los desposeídos' o Becky Chambers en 'El largo viaje a un pequeño planeta iracundo' sitúan la cooperación por encima de la violencia, demostrando que imaginar sociedades mejores también es una forma de hacer ciencia ficción.


El cine llevaba practicando el 'hopepunk' incluso antes de que existiera la palabra. En 'La llegada', Denis Villeneuve convierte el diálogo en la única arma capaz de evitar una guerra planetaria. 'Interstellar', de Christopher Nolan, sostiene que la supervivencia de la humanidad depende tanto de la ciencia como del amor y la cooperación. Incluso películas como 'Wall·E' recuerdan que, tras un desastre ecológico provocado por el consumismo, todavía es posible reconstruir el planeta. Son relatos donde el futuro no está condenado de antemano y donde la tecnología deja de ser una amenaza para convertirse en una herramienta al servicio de las personas.
Las series tampoco han permanecido ajenas a esta corriente. 'The Good Place' plantea, bajo la apariencia de una comedia fantástica, una pregunta profundamente filosófica: ¿puede una persona aprender a ser mejor? 'Star Trek', mucho antes de que existiera el término 'hopepunk', llevaba décadas imaginando una humanidad capaz de superar el racismo, las guerras y la pobreza para explorar el universo unida. Incluso 'Andor', probablemente la producción más adulta del universo 'Star Wars', construye una historia donde la solidaridad cotidiana resulta mucho más decisiva que los grandes héroes destinados a salvar la galaxia. Títulos como 'Ted Lasso', 'Doctor Who', 'Sense8' forman también parte de este género.
Quizá el éxito del 'hopepunk' tenga una explicación que va mucho más allá de la literatura. Vivimos rodeados de titulares sobre guerras, emergencia climática, polarización política, desinformación, discursos de odio o crisis económicas. En ese contexto, imaginar personajes que responden con compasión en lugar de hacerlo con violencia resulta casi subversivo. El 'hopepunk' no propone cerrar los ojos ante la realidad; propone exactamente lo contrario: mirarla de frente sin aceptar que el cinismo sea la única respuesta posible.
Por eso algunos especialistas consideran que el 'hopepunk' es mucho más que un nuevo subgénero de la ficción especulativa. Es el síntoma de un cambio cultural. Después de décadas fascinados por las distopías, el público parece empezar a reclamar historias donde el futuro siga siendo un lugar difícil, pero no necesariamente perdido. Porque quizá la verdadera revolución del siglo XXI no consista en imaginar ciudades más inteligentes, robots más sofisticados o viajes interestelares. Tal vez la auténtica revolución sea recuperar una vieja idea que parecía olvidada, que la empatía también puede cambiar el mundo.
En una época en la que el algoritmo premia el escándalo, las redes sociales amplifican el enfrentamiento y el pesimismo parece haberse convertido en una forma de prestigio intelectual, el 'hopepunk' lanza una propuesta casi provocadora. Defiende que cuidar de los demás, construir comunidad y creer que las cosas pueden mejorar exige mucho más valor que resignarse. Quizá por eso está conectando con una generación que ya ha vivido una pandemia, guerras retransmitidas en tiempo real y una crisis climática permanente. Frente a quienes anuncian el fin del mundo, el 'hopepunk' responde con una idea tan sencilla como incómoda, la esperanza no es un sentimiento; es una decisión./Javi Muro
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