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Del 'Gavia 88' y la etapa ciclista más dura de la historia al Giro 2019

La Corsa Rosa recupera el paso Gavia, protagonista de la épica, la nieve, y el hielo 30 años atrás

El Giro de Italia ha adelantado algunas de las etapas que formarán el libro de ruta de la carrera en 2019. Entre las novedades resalta la recuperación para la prueba del Paso Gavia, el puerto que en la edición del año 1988 se convirtió en protagonista de la que para muchos es la etapa -o al menos una de ellas junto a la finalizada en Bondone en 1956- más dura de la Historia del Ciclismo. Aquel año 1988, nevó, heló, y el fuerte viento congeló el sudor de los ciclista en el largo descenso hasta la meta de Bomio. En 2019, el reto -si la climatología no interviene- serán los 5.700 metros de desnivel positivo que acumulara una etapa que tras ascender y descender el Gavia se enfrentará acto seguido a las rampas del Mortirolo. Una etapa de 226 kilómetros que ya de inicio comenzará cuesta arriba con el Paso della Presolana y el alto de la Croce di Salven. Tras descender el Mortirolo, sin un solo kilómetro llano los corredores se adentrarán en la rampas -17 kilçometros- del alto de Ponte di Legno. La épica vivida en el Giro de 1988 se relata en 'Gavia 88', dentro de libro 'La carrera que no fue, los héroes que no llegaron (y otros relatos ciclistas).

 

'Gavia 88'

Gabriel siempre había escuchado hazañas increíbles de los ciclistas de antes, de los antiguos héroes que competían sobre pesadas bicicletas de hierro y pedaleaban por carreteras que no lo eran; caminos de tierra que pretendían rozar, serpenteando, las nubes.

 

El Tour llegaba a los Alpes y en la televisión los comentaristas rememoraban ascensiones imposibles a cimas en las que el asfalto era un elemento extraterrestre. Era la época en la que comenzaban a intercalarse los primeros puertos de montaña en las carreras. Así, comienzan a conocerse los nombres de lugares que se convertirían con el tiempo en mitos del ciclismo, del Tourmalet, al Galibier. También fue el momento en que el campeón Octave Lapize –ganador del Tour de 1910 y de tres París-Roubaix–, tras coronar el Aubisque, congeló la mirada en los organizadores de la prueba y les espetó aquel ya mítico: “Sois unos asesinos”.

 

Aquellas etapas de tierra, polvo, tubulares de a kilo y bicicletas que parecían poseídas por dinosaurios comenzaron, a través de los relatos televisivos, a cobrar forma en la imaginación de Gabriel. Como los mejores cuentos, aquellas carreras que eran auténticas aventuras merecían comenzar con un “érase una vez”. Aquellos ciclistas construyeron la leyenda del ciclismo.

 

Gabriel era consciente de que el progreso y la técnica eran positivos y que aquellas pistas forestales que contemplaron el nacimiento de la bicicleta como deporte de competición están ahora mejor asfaltadas, aseguradas en sus curvas y señalizadas en cada uno de sus puntos de peligro. Aun así, sentía cierta rabia. Sabía que nunca contemplaría una etapa como aquellas, aunque a veces los sueños se cumplen. Solo hay que esperar lo suficiente y confiar en que los viajes en el tiempo existan.

Fue el 5 de junio de 1988 cuando el calendario ciclista decidió retroceder sus páginas setenta años hacia el pasado. El ingenio ideado por el escritor H. G. Wells engrasó sus mecanismos a la perfección en mitad de la disputa de uno de los Giros que presentaba la más espectacular participación. La prensa no había dudado en plantear una batalla en carrera de Italia contra el resto del mundo. Y es que la participación internacional contaba con los nombres de Zimmermann, Hampsten, Breukink, Delgado, o Bernard, entre otros, frente al pelotón transalpino formado por Giupponi, Saronni, Chioccioli y Visentini. 

 

El reclamo periodístico en forma de confrontación entre corredores pasó a segundo plano cuando el Gavia decidió convertirte en protagonista y transformarse de casi desconocido –tan solo se había subido en cinco ocasiones– a puerto mítico e inolvidable.

 

El parte meteorológico advertía de intenso mal tiempo y fuertes nevadas para el 5 de junio. Aún así, la organización decidió mantener la etapa que debía ascender al Gavia y descender después hasta Bormio, donde estaba situada la meta. El resultado fue una carrera de las de antes.

 

Los corredores encontraron la carretera nevada, el cielo escupiendo nieve sin piedad y una temperatura de cinco grados bajo cero en la cima del Gavia. Una etapa que sin climatología adversa podía haber sido tan solo una más pasó a engrosar el exclusivo libro de los momentos de leyenda del ciclismo.

 

Hasta esa jornada, la carrera transitaba con cierta normalidad. Jean-François Bernard había ganado el prólogo y se enfundaba la primera maglia rosa. Etapas después, una escapada permitida colocaría de líder a Massimo Podenzana. Tras la primera etapa montañosa Chioccioli lideraba la general, Zimmermann era segundo, Hampsten acechaba y Delgado -meses después ganaría el Tour– comenzaba a mostrar su dorsal.

El día 5 de junio la carrera presentaba dos altos de montaña, el Passo d’Aprica y el Gavia, desde donde los corredores debían descender hasta la meta de Bormio. En 1988, el Gavia presentaba catorce kilómetros, pendientes continuadas del 8,5 por ciento, y tramos de tierra. No fue asfaltado hasta finales de los años 90. La etapa contemplaba un recorrido corto, tan solo 120 kilómetros, pero el descenso final hasta Bormio era largo y estaba considerado como muy peligroso, antes incluso de anunciarse la tempestad de nieve que luego acompañó a los ciclistas.

 

De antemano la pregunta que planteaba la prensa deportiva apuntaba a quién sería el protagonista de la etapa. ¿Sería clave para el desenlace del Giro? Ninguno de los cronistas especializados podía imaginar el espectáculo al que iban a asistir.

 

La localidad de Chiesa Valmalenco era el punto de partida y ya de inicio Stephan Joho y Roberto Pagnin –de Ariostea y Gewiss, respectivamente– cobran un minuto de ventaja en el pelotón. La climatología es adversa desde los primeros kilómetros y entre los corredores se comenta que la ascensión al Gavia va a ser extremadamente dura.

 

Los dos escapados son cazados a diez kilómetros de la cima del Gavia, instante que aprovecha Johan Van der Velde para iniciar la aventura en solitario. Desde el pelotón observan sorprendidos el inicio de la fuga. Para unos, el holandés es un valiente; para otros, tan solo un suicida.

 

Mientras los ciclistas pedalean por las pendientes del Gavia contemplan el pasillo formado por paredes de hielo que les acompaña desde las laderas. La idea de pelotón tal y como lo conocemos hoy no existía, los ciclistas comenzaban a desperdigarse en pequeños grupos, muchos abandonados en solitario a merced de la primera glaciación ciclista.

 

Adelante, entre los favoritos, Andrew Hampsten aceleraba el ritmo y el líder, Chioccioli, no aguantaba el ritmo impuesto por el americano. Zimmermann mantenía la distancia; Delgado y Bernard sufrían pero no perdían del todo el contacto; Visentini y Saronni marchaban ya a mucha distancia. Tan solo el holandés Breukin podía seguir a Hampsten.

 

La nieve seguía cayendo y se mezclaba con la tierra obligando a los ciclistas a pedalear y mantener el equilibrio sobre una amalgama de barro congelado. Van der Velde coronaba en primera posición el Gavia, pero aún le restaba todo el descenso. Si en el alto la temperatura rondaba los cinco grados bajo cero la sensación de congelación se multiplicaría con la velocidad en el descenso.

 

Van der Velde había coronado en primera posición pero marchaba sin mayas largas, sin manguitos y sin chubasquero, así que el intenso frío que ya le pinchaba en los huesos le obligó a parar y ponerse ropa.

 

Mientras, en la cima del Gavia el director del 7-Eleven, el equipo de Hampsten, esperaba a sus corredores con ropa de protección y bebidas calientes. Ahí, en esa estrategia, pudo decidirse la etapa y el Giro de aquel año. El americano había iniciado en segundo lugar el descenso, seguido a unos pocos metros de Erik Breukink. Detrás, como el goteo interminable de un grifo averiado, todos los demás. Zimmermann iniciaba el descenso a dos minutos; Giovanetti y Chioccioli a dos minutos y veinte segundos; Delgado y Winnen a tres; Bernard a cuatro y más tarde, mucho más tarde, el resto de corredores que ya no se jugaban nada, tan solo sobrevivir a la nieve, al frío y al hielo.

 

Tal y como había previsto el director del 7-Eleven, el descenso hacia Bormio se planteaba más duro aún que lo que había sido la subida. El calor corporal que genera el esfuerzo constante que supone superar una rampa al diez por ciento tras otra provocaba que la sensación térmica no fuera tan dolorosa, pero cuesta abajo, los grados bajo cero se multiplicaban exponencialmente apoyados en la velocidad y en unos maillots absolutamente empapados de una mezcla de agua, nieve y sudor. Aquel cinco de junio, tras pasar por la cima del Gavia, los corredores aún no eran conscientes del significado de la palabra sufrimiento.

 

Hampsten y Breukink cazaron en el descenso a Van der Velde. El valiente holandés que había lanzado su ataque a diez kilómetros del alto del Gavia renunciaba a la victoria de etapa mientras tiritaba y contemplaba cómo los frenos congelados no le respondían y se jugaba el pellejo en cada revuelta. Detuvo la bicicleta como pudo y se subió al coche de su equipo para entrar en calor y cambiarse de ropa. Alcanzó la meta de Bormio cuarenta y siete minutos después del vencedor.

 

Mientras, por delante, Andrew Hampsten y Erik Breukink continuaban persiguiendo el triunfo, lo que demostró una vez más que ante la posibilidad de vencer el dolor se diluye. Muchos corredores echaban pie a tierra y realizaban algunos tramos de la bajada a pie, tratando de que el manillar de sus bicicletas no se escapara a la presa de unas manos ateridas y congeladas. Para la mayoría, mantenerse sobre la bicicleta era ya una victoria.

Delgado también paraba buscando refugio en su coche de apoyo. Poco después Bernard adoptaba la misma decisión. Los directores les ofrecía café y té para entrar en calor y los ciclistas bebían la mitad y el resto lo rociaban por sus manos, tratando de reavivar los dedos y lograr así poder sujetarse el manillar.

 

El americano y el holandés –Breukink también era holandés– estaban dictando la sentencia de aquel Giro de 1988. A falta de un kilómetro para meta, Breukink lanzó un ataque a su rival y compañero de aventura y ganó una etapa que ya forma parte de la historia del ciclismo. Hampsten llegó a siete segundos y se convirtió en el líder de la carrera. Ya no soltaría la maglia rosa.

 

El holandés se desmayó al cruzar la línea de llegada. Hampsten se escondía bajo una torre de mantas, mientras nada se sabía del resto de los corredores. Pasados más de cuatro minutos y medio, Tomasini conseguía finalizar la etapa. Tras él sobrevivían Guipponi, Giovanetti y Zimmermann. El hasta entonces líder de la carrera, Chioccioli, cruzaba la meta a más de cinco minutos. Pedro Delgado, concluyó en el puesto 10, a siete minutos de Breukink.

 

Los ciclistas llegaban temblando a Bormio, algunos lloraban, otros continuaban pedaleando medio inconscientes. La Gazzeta dello Sport tituló su crónica en portada “El día que los hombres lloraron”; dentro, en las páginas interiores: “Primero Breukink, el más estúpido de todos”, mientras comparaba lo vivido aquel cinco de junio de 1988 con la mítica etapa que finalizó en el monte Bondone en 1956 –en la que más de la mitad del pelotón tuvo que retirarse– y que trasladó al Olimpo a su vencedor, el francés Charly Gaul.

 

A través del frío, las lágrimas y el dolor de los corredores que retrataban la prensa y la televisión, Gabriel confirmó –no sin remordimiento– que en ocasiones los sueños se cumplen incluso por encima de tus deseos. Había asistido a una carrera ciclista de otra época, de otro tiempo./Javi Muro. Relato incluído en el libro 'La carrera que no fue, los héroes que no llegaron (y otros relatos ciclistas)'.

* *Perfil: etapa Gavia-Mortirollo. Giro 2019.

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